Un plan para una huida en masa

El siguiente suceso importante al que tuvimos que enfrentarnos fue el rumor de un plan de huida en masa. Uno de los guardas oyó hablar a los reclusos acerca de una huida que se produciría inmediatamente después del horario de visitas. El rumor era el siguiente: el recluso #8612, al que habíamos liberado la noche anterior, iba a reunir a un grupo de amigos y forzaría la entrada para liberar a los presos.

¿Cómo creéis que reaccionamos ante este rumor? ¿Creéis que tomamos nota de la forma en que había corrido el rumor y que nos preparamos para observar la huida inminente? Eso es lo que deberíamos haber hecho, desde luego, si hubiésemos actuado como psicólogos sociales experimentales. En cambio, reaccionamos con preocupación por la seguridad de nuestra cárcel. Lo que hicimos fue mantener una reunión estratégica con el alcaide, el superintendente y uno de los tenientes principales, Craig Haney, para planear cómo desbaratar la huida.


Tras la reunión, decidimos introducir un confidente (un cómplice experimentado) en la celda que había ocupado el recluso #8612. La labor del confidente sería pasarnos información sobre los planes de huida. Entonces volví al Departamento de Policía de Palo Alto y pregunté al sargento si podíamos transferir a los reclusos a su antigua cárcel.

Mi petición fue denegada porque el Departamento de Policía no estaría cubierto por el seguro si trasladábamos a los reclusos a su cárcel. Me fui de allí enfadado y asqueado ante aquella falta de cooperación de las instituciones (había entrado completamente en mi papel).

Después formulamos un segundo plan. Se trataba de desmantelar la cárcel cuando los visitantes hubiesen marchado, llevar más guardas, encadenar a los reclusos juntos, ponerles bolsas en la cabeza y trasladarlos a un almacén en el quinto piso hasta después del momento en que esperábamos que se forzase la entrada. Cuando llegasen los conspiradores, yo estaría sentado allí solo. Les diría que el experimento había terminado y que habíamos mandado a todos sus amigos a casa, que no quedaba nada por liberar. Cuando se fuesen, haríamos volver a los reclusos y doblaríamos la seguridad de la cárcel. Llegamos incluso a pensar en hacer volver al recluso #8612 con algún pretexto y encarcelarlo de nuevo diciéndole que había sido liberado erróneamente.


Una visita

Estaba sentado allí yo solo, esperando ansiosamente a que los intrusos forzasen la entrada, cuando apareció un colega y antiguo compañero de habitación de la Universidad de Yale, Gordon Bower. Gordon había oído que hacíamos un experimento y vino a ver qué pasaba. Le expliqué brevemente lo que estábamos haciendo, y Gordon me hizo una pregunta muy simple: 

— Dime, ¿cuál es la variable independiente de este estudio?

Sorprendentemente, me enfadé de verdad. Estaban a punto de forzar la entrada delante de mí, peligraba la seguridad de mis hombres y la estabilidad de mi cárcel, y ahora tenía que enfrentarme a este memo decadente, académico, liberal, de buen corazón que estaba preocupado... ¡por la variable independiente! Hasta mucho después no me di cuenta de hasta qué punto me había metido en mi papel carcelario; en aquel momento ya pensaba más como un superintendente de prisión que como un psicólogo de investigación.


DEBATE
En un estudio experimental como éste, uno de los problemas es definir cuáles son los "datos", la información que se debe recoger. Asimismo, ¿qué hubiéramos debido hacer para minimizar los efectos de la parcialidad del experimentador en el resultado del estudio? ¿Cuáles fueron los riesgos de que el investigador principal asumiera el papel de superintendente de la prisión?


Pagar con la misma moneda

El rumor de que forzarían la entrada de la cárcel no pasó de ser un rumor. Nunca se materializó. ¡Imaginad nuestra reacción! Habíamos pasado todo un día preparados para frustrar la huida, imploramos ayuda a la policía, trasladamos a nuestros reclusos, desmantelamos gran parte de la cárcel -ni siquiera recogimos ningún dato aquel día-. ¿Cómo reaccionamos ante tal desastre? Con una frustración considerable y con un sentimiento de fracaso ante tanto esfuerzo para nada. Alguien tenía que pagar por ello.

Los guardas intensificaron de nuevo considerablemente el nivel de vejaciones, aumentando las humillaciones que hacían sufrir a los reclusos, obligándoles a realizar trabajos repetitivos y denigrantes como limpiar las tazas de los váteres con las manos desnudas. También les obligaron a hacer flexiones, saltos extendiendo brazos y piernas, cualquier cosa que se les ocurriese, y aumentaron el número y la duración de los recuentos.